La guerra de las consolas es una estupidez

Un artículo de opinión sobre la eterna Guerra de las Consolas, un conflicto que nos lleva acompañando desde el mismo auge de la industria.

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Hay quienes dicen que, en sus orígenes, los videojuegos eran poco más que una fuente de entretenimiento. Y otra de problemas, en algunos casos. Yo tuve suerte. En casa nunca hubo conflicto alguno con mis aficiones, pero estoy completamente seguro de que no fue de igual forma para todo el mundo.

Pudo tener nombre y apellidos en forma de progenitor desencantado. Tal vez era un grupo de «amigos» que, en realidad, no eran tales. Inclusive, pudo ser un completo desconocido que se creía con la potestad de juzgar tus actos y pasatiempos.

En realidad, los videojuegos, al igual que ciertos géneros literarios y/o cinematográficos, han sido cartografiados, desde tiempos inmemoriales, como un pasatiempo sin fondo ni cultura que solo sirve para desviarnos del camino correcto. A día de hoy sigue pasando, aunque no pienso citar ni linkear a los responsables. De otra manera, les estaría dando voz. Y eso no quiero hacerlo.

La guerra de las consolas es una tontería

La guerra de las consolas es una estupidez
La guerra de las consolas es una estupidez

Soy perfectamente consciente de que esta es una introducción un poco rara, pero me viene muy bien para manifestar mi incomprensión sobre un tema que siempre me ha causado bastante… rechazo. También soy consciente de que hay cuestiones más graves, pero vayamos paso a paso. Lo que hoy quiero hacer es expresaros mi opinión sobre la guerra de las consolas. O lo que es lo mismo, de una de las mayores estupideces que jamás ha tenido lugar dentro de la comunidad gaming.

Bienaventuradas sean aquellas personas que disfrutaron —y lo siguen haciendo— de un pasatiempo tan bonito como este sin inmiscuirse en la vida de los demás… Porque no todos pueden, o quieren, hacerlo. Hay quienes prefieren tentar contra su valor a través de una indolente manifestación de puro resentimiento. O incomprensión. Hemos escuchado muchas veces discursos que, sin ninguna base, deniegan su valor creativo, los tildan de exponentes de la violencia o, simplemente, de pasatiempo inútil. No entienden nada y se atreven a juzgar.

Eso es algo que siempre me ha importunado, pero también me ha molestado —desde siempre— que aquellos teóricos «jugones» sean los primeros que saquen el fusil de asalto y disparen contra todo aquello que va contra sus principios. Sobre todo cuando se trata de un tema tan innecesario como qué videoconsola es mejor. Nunca he entendido la necesidad de expresar la predominancia de una compañía u otra. Lo único bueno que ha dado esta guerra son los memes, porque no sirve para otra cosa.

Demasiadas voces negativas en un mundo maravilloso

La guerra de las consolas es una estupidez
La guerra de las consolas es una estupidez

Escudados bajo la sinfonía de algún gurú de las plataformas de vídeo más populares, o guiados por un odio visceral sin más motivo que el peso de su propio ego, miles de usuarios han convertido Internet en un campo de batalla carcomido por la rabia, la bilis y el desprecio. Lo diré una vez más: la guerra de consolas es una estupidez. Nada ni nadie dispone del conocimiento absoluto como para imponer su opinión sobre los demás en un aspecto tan personal como «con qué me divierto más».

Que tú prefieras un tipo de entretenimiento u otro, bajo el prisma de unas características u otras, no significa que sea la forma correcta. Es, simple y llanamente, la manera en que más te satisface a ti. Sin embargo, esto no tiene por qué funcionar de igual forma con los demás.

Ya lo decían Timón y Pumba: Hakuna Matata

La guerra de las consolas es una estupidez

Llegados a este punto podría ofreceros una serie de pros y contras que revalorizasen o invalidasen las prestaciones de todas y cada una de las consolas. No obstante, entraría en conflicto con mi primer argumento: cada cual disfruta de los videojuegos a su manera. Partiendo de esa base, la premisa de la calidad del servicio online, la potencia gráfica, el catálogo y los servicios o los exclusivos pasan a ser una tontería.

Sí, todas esas argumentaciones que enfatizan la predominancia de una plataforma u otra son factores secundarios cuando los comparamos con el único punto verdaderamente importante: ¿Cómo me divierto yo jugando? No hay nada ni nadie que pueda imponer su opinión en ese aspecto, pues es único y personal. Además, todos los factores anteriores entran dentro de este aspecto.

  • ¿Prefiero potencia gráfica?
  • ¿Apuesto por unas franquicias determinadas?
  • ¿Busco portabilidad?
  • ¿El catálogo y los servicios online de pago son lo más importante para mí?
  • ¿Retrocompatbilidad?
  • ¿Quiero reaprovechar mis antiguos juegos?
  • ¿Físico o digital?

Cuando empezamos a sumar factores, despunta una plataforma u otra. A fin de cuentas, y esto es innegable, cada una tiene sus virtudes y defectos. Veamos, por ejemplo, Nintendo Switch. Ya está compitiendo con Steam Deck, pero sigue ahí. Hoy día es una de las pocas consolas que nos dejan jugar en cualquier parte sin necesidad de cables o televisores si no contamos las clásicas, claro. Hablo de las más actuales. Y tampoco es que sea la única. Ya me entendéis.

¿Por qué obligamos a los demás a pensar como nosotros?

La guerra de las consolas es una estupidez

Sucede algo parecido con los ordenadores. No por nada, no existe videoconsola en el mundo que pueda competir con la potencia gráfica y el rendimiento de un PC bien montado. Siempre y cuando dispongamos de un margen presupuestario amplio, claro está. Y si la hay, da igual, porque acabará quedándose atrás conforme salgan nuevas piezas de repuesto y las cambiemos. Si esto es lo más importante para ti, de nada importan los exclusivos. Quieres potencia. Punto.

¿Y PlayStation o Xbox? ¿Stadia? ¿Cualquier otra? A lo mejor tú prefieres el exclusivo de turno de cualquiera de ellas, su servicio de pago online o una comunidad determinada. No digo que no existan aspectos en los que una plataforma u otra sea superior a las demás en ciertos detalles. Eso sería ir contra la verdad. Lo que digo es que, al final, todo eso da igual, porque lo importante es lo mismo de siempre: ¿Con qué me divierto yo más?

La guerra de consolas es un sinsentido frente al «así me divierto yo»

La guerra de las consolas es una estupidez
La guerra de las consolas es una estupidez

Sabiendo esto, no comprendo las disputas de los pseudo-gamer que atacan cualquier punto de visto contrario. Yo qué sé, lo mismo no vieron El Rey León de pequeños y se saltaron una de las lecciones más importantes de la vida: «Hakuna Matata. O sea, no te angusties. Vive y deja vivir». Ojalá fuera tan sencillo, pero está claro que no lo es. Siempre he pensado que gran parte de la disputa procede del ego.

Es decir, de la necesidad de justificar tus compras frente a los demás, reafirmando tu posición a través de la inferioridad de los otros. Ego puro y duro. De otra forma, no comprendo la motivación que podría tener alguien para pelearse con un completo desconocido por internet para demostrar que tiene razón.

Y mientras tanto, todas y cada una de las compañías siguen a lo suyo. Es más, el debate alienta su predominancia en las redes y camufla sus errores bajo el fanatismo de las masas. Entonces me pregunto: ¿Por qué? ¿Acaso cualquiera de estas empresas te paga para que defiendas su hegemonía a capa y espada? ¿Te va la vida en ello? O lo que es peor: ¿En serio crees que tienes la sapiencia, el conocimiento y la experiencia suficiente como para tener siempre la razón y considerar que no puedes estar equivocado?

Se ha perdido el respeto. Y cuando eso sucedió, la guerra de consolas se convirtió en la batalla de los estúpidos y los egocéntricos. Las redes sociales y el anonimato, a veces parcial, enardecen a los soldados de una guerra que no les pertenece. Porque al final, quienes perdemos somos nosotros. Cuando alguien defiende una mala política por mero fanatismo, impide que la empresa reconozca su error. ¿De qué sirve exigir mejores prestaciones técnicas, precios, políticas de empresa, etc. si cuándo alguien se queja, el resto defiende estas malas prácticas a golpe de tuit y bolsillo?

Un conflicto para los egocéntricos

La guerra de las consolas es una estupidez

Podría citar ejemplos, pero entraría en una espiral de autodestrucción que no me gusta nada. En cualquier caso, todos sabemos que todas las compañías han cometido fallos. Es normal: errar es de humanos. Más aún cuando hay dinero de por medio. Son negocios. No son nuestros amigos o familiares.

No son nuestros compañeros de equipo ni nuestros colegas virtuales. Son empresas que buscan el beneficio. Y en muchos casos, se pasan de rosca. Aprietan más de lo que toca, emplean políticas de venta desacertadas o, simplemente, hacen algo mal. Y esto no va solo por las consolas, sino también por las desarrolladoras.

Cada semana tenemos una nueva polémica. ¿Cómo cuáles? Bueno, podría hablar de juegos que nunca bajan de precio pese a su antigüedad, lanzamientos demasiado caros, servicios de pago que no cumplen las expectativas, defectos de fábrica sin solución, campañas de marketing engañosas… La industria del videojuego no es hogar de ningún santo. A lo largo de los años hemos vivido de todo, desde juegos que usaban nuestros ordenadores para criptofarmear hasta títulos incompletos o mal hechos, pasando por luces de la muerte, errores fatales o piezas mal construidas.

¿Por qué defender a capa y espada los errores de una compañía solo por considerar que es la mejor? Ser el mejor en algo no significa que seamos perfectos. La perfección no existe, y es mucho más fácil cometer un error cuando estás arriba y rebosas confianza. Por eso mismo no entiendo que la gente defienda con tanta vehemencia a la empresa de turno. Y mucho menos que ataques a otros usuarios solo porque no comparten tus gustos.

Porque, en realidad, es una guerra de gustos. «A mí me gusta esta consola, así que, si a ti te gusta la otra, no te gusta la mía». ¿No se resume en eso? En cualquier caso, quiero terminar con una conclusión muy sencilla: deja que los demás disfruten de sus pasatiempos como prefieran y no te creas tan superior como para decir qué es mejor, qué es peor, qué está bien o qué está mal.

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