Cuando Jagex anunció RuneScape: Dragonwilds, la sorpresa fue mayúscula. No solo por su lanzamiento sin previo aviso el 15 de abril de 2025, sino porque nadie esperaba que la icónica franquicia de RuneScape, conocida por sus MMO de grinding eterno, diera el salto al género de supervivencia y crafting cooperativo.
Tras pasar unas buenas horas explorando el continente olvidado de Ashenfall, puedo decir que Dragonwilds es una apuesta valiente que, aunque aun en Early Access, ya deja entrever un buen potencial. No obstante, tiene algunos tropiezos que recuerdan que estamos ante un proyecto en construcción.
Lo primero que llama la atención al aterrizar en Ashenfall es cómo Dragonwilds captura la esencia de RuneScape sin sentirse como una simple extensión del MMO. Los guiños a la franquicia están por todas partes: desde la presencia del Wise Old Man, con su inconfundible sombrero de fiesta, hasta personajes como Zanik o Vannaka, que traen consigo esa nostalgia que hará sonreír a los veteranos.
Primeras impresiones de RuneScape: Dragonwilds
Pero no es solo un desfile de cameos. El sistema de habilidades, pilar de RuneScape, se adapta aquí de forma orgánica al género de supervivencia. Cada acción, ya sea talar árboles, minar rocas o cocinar, te otorga experiencia en habilidades específicas que desbloquean mejoras- Lo más interesante son los hechizos rúnicos que cambian las reglas del juego.

Y es que el sistema de magia es, sin duda, la estrella de Dragonwilds. Olvídate de pasar horas golpeando árboles como en otros juegos del género. Con hechizos como Axtral Projection, puedes talar varios troncos de un solo golpe espectral, o con Rocksplosion, hacer estallar rocas para recolectar recursos en segundos.
Estas mecánicas no solo agilizan el grindeo, sino que añaden un toque de espectacularidad que hace que incluso las tareas más mundanas se sientan épicas. Sin embargo, no todo es perfecto: los hechizos requieren Rune Essence, un recurso que a veces escasea, y los tiempos de reutilización pueden frenar el ritmo, especialmente en las primeras horas.
El combate, por otro lado, es un arma de doble filo. En su estado actual, se siente algo tosco, con animaciones que a veces parecen sacadas de un MMO de hace una década y una hitbox que no siempre responde como debería. Sin embargo, hay destellos de brillantez, como la posibilidad de combinar hechizos defensivos y ofensivos para crear estrategias dinámicas.
Poca variedad y una buena base hacen de Dragonwilds un EA llamativo


Enfrentarte a un dragón mientras esquivas su veneno y lanzas un Windstep para saltar a un lugar seguro es de esas experiencias que te hacen olvidar las carencias. Eso sí, los enemigos, especialmente en las zonas iniciales, carecen de variedad, y las incursiones de goblins o los ataques de dragones pueden volverse frustrantes si te pillan desprevenido.
La construcción de bases es otro punto fuerte. Inspirada en títulos como Valheim, pero con un toque más accesible, permite a los jugadores crear desde cabañas rudimentarias hasta fortalezas imponentes con una facilidad que agradece tanto el novato como el arquitecto obsesionado con los detalles.
La posibilidad de ajustar piezas con precisión, rotarlas libremente o usar un modo de cámara libre para colocar elementos en sitios complicados es un sueño para los amantes del diseño. Sin embargo, el sistema de integridad estructural, aunque funcional, puede ser un dolor de cabeza si no se explica bien en el tutorial, dejando a más de uno con un tejado colapsado y el ego herido.

Dragonwilds no se contenta con ser solo un RuneScape con dragones. Ashenfall, con sus cinco biomas repletos de ruinas y secretos, invita a la exploración. La narrativa, aunque aun en pañales, promete desentrañar los misterios de la Dragon Queen y el despertar de los dragones, un giro que se siente fresco en un universo tan conocido como el de Gielinor.
El combate necesita un retoque, pero…

Pero el juego no está exento de problemas. La falta de contenido en esta etapa de Early Access es evidente, con sistemas como el de magia a distancia o el combate a distancia aún incompletos. Además, el rendimiento técnico, aunque decente, sufre en momentos de alta carga, y algunos bugs, como rugidos de dragones que ignoran los ajustes de audio, pueden sacar de quicio.
Como fan de RuneScape desde los días de talar yews en Lumbridge, Dragonwilds me ha hecho sentir como un novato otra vez, perdido en un mundo que es a la vez familiar y desconocido. Hay algo profundamente satisfactorio en desbloquear un nuevo hechizo tras horas de esfuerzo o en ver cómo tu base pasa de ser un cobertizo a un bastión contra dragones.
Pero también hay momentos de frustración, como cuando mueres por enésima vez porque el stamina se agota demasiado rápido o porque un dragón decide envenenarte a través de un tejado que creías sólido. En definitiva, RuneScape: Dragonwilds es un experimento fascinante que combina lo mejor de la franquicia con las exigencias de un género competitivo.
No alcanza las cotas de Valheim o Minecraft, pero tampoco lo pretende. Su identidad está en su conexión con RuneScape y en un sistema de magia que hace que el grindeo sea más un placer que una condena. Si Jagex escucha a la comunidad y pule los bordes ásperos, este podría ser un título que no solo complazca a los fans, sino que se gane un hueco en el saturado panorama de los juegos de supervivencia.
Por ahora, es una aventura que vale la pena probar, siempre que estés dispuesto a perdonar sus imperfecciones y a soñar con lo que está por venir.